Me compartieron otro detestable texto de autoayuda.

Lo leí y no me sorprendió el sempiterno catecismo que emana: cortar vínculos, dejar de mirar redes, repetir frases motivacionales frente al espejo como un mantra.

Respondí con algo que había escrito hace unos días y la reacción fue menos sorprendente: Tus palabras suenan marcadas por un dolor que todavía no has dejado atrás.

Y ese es el bendito problema. Que todo se traduce a lenguaje simple, como si no existieran otras lecturas.

En esa tendencia a reducir a confesión poética lo que en realidad está más cerca de una reflexión filosófica, se pierde de vista lo esencial: no todo dolor es una herida sangrante.

La autoayuda insiste en domesticar el sufrimiento, en meterlo en casillas de superación. Nos vende la ilusión de que todo tiene etapas, procesos, cierres. Como si el dolor fuera un trámite bancario: cinco pasos, tres frases sanas, dos nuevos amigos y ya está. Esa necesidad de empujarnos hacia la luz es una forma de tiranía.

Porque hay dolores que no se superan. Simplemente se quedan, incrustados en la existencia. Y eso — insistiré hasta que me quede sin aliento — no es una falla del sistema.

Los gurús del lenguaje de la autoayuda hablan siempre de que mereces algo mejor y de recuerda que eres más que una ruptura. Frases huecas que suenan bonitas porque incordian a muy pocos.

¿No sería más saludable entender que no siempre hay algo mejor? Porque a veces, sencillamente, no hay nada. Y aun así, se sigue caminando entre las piedras.

La vida no debería ser una carrera para iluminar heridas, sino para reconocer nuestras sombras, porque vivir no necesariamente exige sentido. Solo se trata vivir.

¿Quién dijo que negar el dolor te hace más fuerte?

El dolor no es una anomalía que debe corregirse. Es una condición. Aceptarla, sin buscar redención, es quizá la única forma de ser honesto con uno mismo.

Lo insoportable no siempre se supera. ¿No es mejor habitar allí y cargar el peso de lo que no reclama por ser aliviado?

Encumbrarse en la hiel y vivir con la amargura no es fracaso, por más que pregonen lo contrario los partidarios de la autoayuda.

Es existir sin corona, ni trono, ni reino. Como esclavo de la intemperie y lo que duele como destino. Con eso es suficiente.