El 11 de septiembre de 2001 comenzó para mí como cualquier otro día de trabajo.

Aunque entraba a las nueve de la mañana, esa vez llegué unos minutos antes al departamento de prensa de un canal de televisión en Santo Domingo, donde llevaba poco más de un año trabajando.

Nada hacía pensar que aquel martes terminaría convertido en uno de esos días que, por alguna razón, permanecen intactos en la memoria.

Recuerdo a algunos de los compañeros que estaban pendientes de la señal de CNN, especialmente a una de las editoras grabando la transmisión como parte del material del noticiario de la tarde.

Al verme llegar, ella me comentó que un avión pequeño había chocado contra una de las torres del World Trade Center, en Nueva York, y que todo parecía indicar que se trataba de un accidente.

Hasta ese momento, eso era lo que entendíamos que había sucedido.

Me quedé mirando las imágenes de la torre incendiada.

Y entonces ocurrió algo que durante unos segundos no pude comprender: un avión apareció en pantalla y se estrelló contra la otra torre, aunque en la confusión del momento no alcancé a entender que se trataba de un segundo impacto.

En medio del asombro, mi primera reacción fue pensar que CNN estaba repitiendo las imágenes de la colisión del avión pequeño que me había mencionado la editora.

Sin embargo, había algo que no encajaba.

Por el ángulo de la cámara, por la velocidad con que ocurrió todo y probablemente por el desconcierto del momento, aquel avión me pareció incluso un avión de combate. Todo sucedió demasiado rápido como para distinguirlo con claridad.

Poco después, cuando la transmisión comenzó a hablar de un segundo avión, entendí que lo que acababa de ver no era una repetición.

Era otro avión.

Y, a medida que avanzaban los minutos, también quedaba atrás aquella primera versión según la cual un avión pequeño había impactado la primera torre.

La realidad era más grave: ambas torres habían sido alcanzadas por grandes aviones comerciales.

Fue en ese momento cuando entendí que lo que había ocurrido no podía ser un accidente.

Recuerdo haber comentado a quienes tenía cerca que dos aviones se estrellaran de aquella manera contra las Torres Gemelas no podía ser una coincidencia. Tenía que ser deliberado.

Poco después hice una llamada y pronuncié una frase que todavía recuerdo con absoluta claridad: Han tocado el dedo del gigante.

Durante años no supe exactamente por qué utilicé esas palabras. Hoy pienso que probablemente estaba evocando Pearl Harbor, la película estrenada apenas unos meses antes, y aquella idea de haber despertado a un gigante.

Sea cual fuera la asociación que hizo mi mente en aquel instante, la frase salió espontáneamente porque tuve la sensación inmediata de que lo que acabábamos de presenciar tendría consecuencias enormes.

Pero todavía faltaba mucho para comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo.

Durante los minutos siguientes vi las dos torres incendiadas.

Y nunca pensé que caerían.

Nunca.

Mi impresión era que conseguirían controlar los incendios. Que los edificios habían sufrido un daño enorme, sí, pero que resistirían. Miraba aquellas estructuras gigantescas y daba por sentado que, de alguna manera, permanecerían en pie.

Esa fue mi esperanza mientras veía desarrollarse la noticia.

Hasta que una de ellas comenzó a derrumbarse.

La Torre Sur, la segunda en recibir el impacto, fue la primera en caer.

Recuerdo haber quedado absorto frente a la pantalla.

Enmudecido.

Y lo más estremecedor era comprender que lo que estábamos viendo ocurría en la vida real. Había personas dentro de las torres. Había personas en las calles. Había gente intentando escapar mientras una estructura de más de cien pisos desaparecía frente a nuestros ojos.

Aun entonces conservé la esperanza de que la otra torre resistiera.

No ocurrió.

Poco después, también la Torre Norte se desplomó.

Y creo que en ese momento terminó de instalarse la sensación de que estábamos presenciando algo cuya magnitud todavía no alcanzábamos a comprender.

A partir de ahí, para mí todo se detuvo.

O al menos así lo recuerdo.

Lo que había comenzado como una jornada normal se transformó por completo. El trabajo, las conversaciones, las prioridades de aquel día: todo terminó girando alrededor de lo mismo.

Para quienes trabajábamos en un medio de comunicación, este acontecimiento significó una carga enorme. Había que seguir cada información que llegaba mientras nosotros mismos intentábamos procesarla. Había que trabajar mientras la magnitud de lo ocurrido no dejaba de crecer y parecía hacerse más terrible con cada nueva noticia.

Quizás por eso recuerdo con tanta claridad algunos instantes y casi nada de otros.

No recuerdo con precisión lo que dije al salir del trabajo. No recuerdo qué conversaciones tuve al final de aquella jornada. Hay horas de ese día que mi memoria parece haber borrado.

Pero recuerdo aquella pantalla.

Recuerdo a aquella editora grabando la señal de CNN.

Recuerdo creer que el segundo impacto era una repetición.

Recuerdo aquel avión entrando en cuadro.

Recuerdo aquella llamada.

Recuerdo pensar que las torres resistirían.

Y recuerdo verlas caer.

Veinte años después, en noviembre de 2021, viajé por primera vez a Nueva York.

En uno de mis primeros recorridos por la ciudad fui solo hasta el lugar donde estuvieron las Torres Gemelas.

Me detuve durante mucho tiempo junto al Memorial del 11 de Septiembre, contemplando los nombres grabados alrededor de las enormes piscinas reflectantes que ocupan ahora el espacio de las torres.

Habían pasado dos décadas.

Nueva York estaba frente a mí y ya no a través de una pantalla de televisión en una redacción de Santo Domingo.

Mientras recorría aquellos nombres, por un momento mi mente regresó a aquella abrumadora mañana.

A las imágenes.

A la incredulidad.

Al hombre de 25 años que había llegado a trabajar pensando que comenzaba un martes cualquiera y que, minutos después, estaba viendo cómo el mundo cambiaba ante sus ojos.

Han pasado 25 años.

Mi historia de aquel día no tiene nada de extraordinario. Yo estaba a miles de kilómetros de la zona cero. No perdí a nadie. No tuve que correr. No estuve entre quienes vivieron directamente el horror.

Solo fui una de las millones de personas que contemplaron los atentados en tiempo real.

Pero hay días que dejan de pertenecer únicamente a quienes estuvieron allí. Se instalan también en la memoria de quienes los observaron desde lejos y recuerdan todavía dónde estaban, qué estaban haciendo y quién estaba a su lado cuando ocurrió.

El 11 de septiembre de 2001 fue, para mí, uno de esos días.

El día en que llegué a trabajar como cualquier otra mañana y vi, literalmente, detenerse todo.