La impasible noche me asedia, con su peso invisible que aniquila los pensamientos.
No irrumpe, no grita. Se posa y espera para devorarme, como aguas negras que se filtran en todas mis grietas.
Aún recojo fragmentos, uno a uno, con la certeza de que volverán a desunirse, como la sentencia de tus pasos al alejarte.
El mundo que ofrecí yace deshecho y yo, sin tregua, camino entre sus escombros, pisando las huellas que nunca podré borrar.
Resisto por costumbre, porque el vacío siempre se impone y yo todavía me niego a dejarlo ganar.
