La rebelión de los que opinan
“Y qué fácil es abrir tanto la boca para opinar”.
Héroes del Silencio (1990)

De pronto, la modernidad y la tecnología le dieron voz a todo el mundo. Las redes sociales amplificaron cada palabra, cada juicio, cada ocurrencia. Basta con mirar alrededor para entender cuánta razón tenía Umberto Eco cuando habló de la invasión de los idiotas.
En los últimos cinco años, ese fenómeno ha dejado de ser una inquietud marginal para convertirse en algo abrumador. Ya no es solo que cualquiera pueda hablar; es que todos quieren opinar. Sobre todo. Todo el tiempo.
Y no es que opinar esté mal. No se trata de una queja nostálgica contra el acceso o la democratización de la palabra. Lo que me inquieta es otra cosa: que cualquiera pueda opinar. Porque no toda opinión nace del conocimiento. Muchas veces, lo que se dice se improvisa. Se repite. Se desinforma.
Como advertiría cualquier maestro sensato: quien no conoce a fondo un tema corre el riesgo de parecer un tonto. Y el problema es que hoy ese riesgo ya no es individual: se viraliza.
No basta con tener voz. Hace falta criterio. Porque opinar sin sustento no es libertad; es ruido.