Ella no sabrá nada
Leer en inglés“La playa se ha dormido en tu silencio, las olas ya no vienen a suspirar”.
Emilio José (1974)

Ella no sabrá nada. Ni de lo que se llevó, ni de lo que dejó. Y tal vez eso es lo que más duele.
Sin embargo, lo verdaderamente devastador ha sido darme cuenta de que ella nunca sabrá cuánto me costó permanecer de pie.
Ella no sabrá de mis lágrimas contenidas.
No sabrá de las veces que me tragué el llanto para que nadie se enterara de mi derrumbe.
No sabrá de los días en que el mundo seguía girando mientras yo caminaba como un fantasma por la ciudad, consumido por la tristeza y pulverizado por el peso de la realidad en cada lugar que me veía llegar.
No sabrá del temblor en mi sangre al recibir su despedida, ni de la herida invisible que no se cerró con el tiempo, porque nunca fue atendida, apenas cuidada por los remanentes de lo que fui.
Ella no sabrá que mi silencio no fue indiferencia, sino una forma de no terminar de romperlo todo.
No sabrá de mis madrugadas con el alma hecha mierda, ni de las veces que grité su nombre por dentro, preso de mi agonía, mientras afuera, solo reinaba el orden cotidiano, como un insulto a lo vivido.
Y no lo sabrá porque nunca se dignó a preguntarlo.
Porque se fue no solo de mi vida, sino también del lugar emocional desde donde podría haberme mirado con compasión.
Porque un día maldito decidió no mirar atrás.
Porque la historia que escribió conmigo fue, para ella, una página más, una nota al margen; para mí, era el libro entero.
Y yo podría decirle todo esto.
Podría intentar explicar el alcance del daño, el colapso interno, los escombros que dejó su partida, pero ya es demasiado tarde para que eso importe. Ya no tendría sentido.
Porque ella dejó de habitar ese espacio donde se puede ser justo.
Ya no escucha desde ese lugar.
Y esa es la verdadera injusticia emocional: que quien te hirió no pueda dimensionar lo que te rompió.
Que siga con su vida sin saber que, mientras ella avanzaba, yo aún recogía pedazos de mí entre las ruinas.
Lo inmensamente triste es que su memoria no guarde ni siquiera la sombra del dolor que sembró en mis pulsaciones.
Aun así, yo sigo respirando.
Con el corazón lleno de ruinas, sí.
Pero también con la conciencia limpia.
Porque yo no traicioné la historia.
No borré lo que fuimos.
No utilicé el olvido como vía rápida para rehacer mi vida.
Ella no sabrá nada.
Pero yo lo sabré todo.
Y eso, por doloroso que sea, me pertenece hasta la muerte.