No todas las compañías dejan constancia.

Hay una en particular que actúa en silencio, que transgrede sin ser vista, que no pide permiso para entrar, porque siempre ha estado ahí, ocupando casi todo.

Al principio pensé que venía de ciertos silencios o ausencias: tal vez una despedida inesperada en voz baja, una foto que no solicitaba ser encontrada, o una puerta que no se cerró completamente.

Pero no. No fue nada de eso.

La soledad no vino por nadie. Ella estaba desde antes, cuando ni siquiera brotaba el vacío y sus afluentes.

Se instaló en cada rincón, se revolvió en la pausa entre un paso torpe y otro menos torpe, en el concierto nocturno de grillos y ranas, o en el pleito de las aves por la mañana.

Hay días en que uno acusa al adiós por lo que dolió, o a la distancia, o a la vieja y maldita canción de un guapachoso cubano que repite lo que uno no quiere decir.

Pero tampoco es eso.

Es que hay casas donde la soledad suena más fuerte que un verso inconcluso y comprime hasta la sangre. Donde cada cosa recuerda que no es uno el que falta, que es alguien, aunque no sepamos quién.

Y uno hace lo que puede con la poca cordura que sobrevive: acomoda el silencio, las palabras, los pasos en falso y los pocos aciertos. Hasta deja un espacio en la cama, y se dice a sí mismo que mañana será distinto.

Pero todo vuelve a ser lo mismo, porque ella sigue aquí, porque nunca se fue.

Y no queda a quién culpar, y eso es lo más triste.