Conocí a Jacques Brel en 2014, gracias a una línea de la canción Peces de ciudad1 de Joaquín Sabina que dice: “cuando en un si bemol de Jacques Brel conocí a mademoiselle Amsterdam”.
Aquella frase me atrapó y la curiosidad no tardó en llevarme a Google. Fue por ese camino que encontré un artículo2 en el diario El Mundo, de España, que hablaba sobre la canción Ne me quitte pas y su trasfondo íntimo y desgarrador.
Al poco tiempo, vi una presentación en vivo de este tema, en la que Brel aparece en un primer plano sin fin3. Su rostro, bañado en sudor al estilo de Sam Broston4 —el despiadado villano de El Fugitivo Temerario, siempre empapado por la tensión — , parecía no solo transpirar: el sudor era, en sí mismo, un océano de lágrimas.
Y cuando, con la mirada en luz baja y la voz casi apagada, imploraba ser tan siquiera la sombra del perro de quien ama, sentí que estaba frente a alguien que no solo dominaba el arte del canto, sino que se despojaba de toda dignidad humana para mostrarse vencido. Y eso, lejos de alejarme, me acercó como pocas cosas en la vida.
Con Jacques Brel entré a otra dimensión: él canta desde las vísceras, se descompone y también se arrastra. Poco a poco me sumergí en ese universo oscuro, bello y brutal que él supo construir.
Muchas de sus canciones me marcaron: Quand on n’a que l’amour, Amsterdam —otra formidable referencia que también capturó Sabina—, Les vieux, Le bourgeois, La quête y, especialmente, La chanson des vieux amants, porque en ella no se habla del amor perfecto, sino del amor que resiste.
Brel cantó a la humanidad, al temblor interno, al fracaso, a la vejez, al deseo roto. Sus puestas en escena no señalaban a la debilidad, solo la describían. Su teatralidad era una forma poderosa de decir: yo también me desangro.
En cierto modo, escucharlo influyó en mi manera de abordar la tristeza y la vulnerabilidad de los hombres. Me hizo entender que no hay nada más humano que visitar el abismo.
No sé si este texto es un homenaje, una confesión o simplemente una forma de darle las gracias. Pero sí sé que, desde aquel si bemol citado por Sabina, Jacques Brel no ha dejado de cantar dentro de mí.
