A mis quince soñaba más de lo que decía, sin saber todavía cómo se entra al mundo.
A mis veinte celebré como si la vida abriera una puerta, sin saber cuántas faltaban por empujar.
A mis veinticuatro me sorprendió el año 2000 como quien llega a una fecha prometida desde la infancia.
A mis treinta entendí que crecer no era llegar, sino despedirse de algunas ilusiones.
A mis cuarenta me encontraron los globos, la vida cambiando de tamaño y la juventud marchándose sin despedirse.
A mis cuarenta y diez, cuando las canas ya dicen por mí lo que antes callaba, cuando el espejo empieza a tener más memoria que indulgencia, cargo más preguntas que respuestas.
Y sin darme cuenta, aquel muchacho que creyó eterno el tiempo se me volvió recuerdo.
He visto caer a muchos antes de tiempo, he dejado pasar cosas por distraído, he querido mejor de lo que supe, he aprendido tarde casi todo.
Sé que no estaré aquí para volver a cumplir cincuenta.
Y aunque la muerte ya dejó de ser un rumor lejano, todavía sigo aquí.
Respirando, mirando, avanzando.
Texto escrito en vísperas de los 50, con ecos de canciones de Joaquín Sabina y Charles Aznavour.
